
Inundaciones en Bilbao (1983)
El 26 de agosto de 1983 Euskadi sufrió la mayor inundación de su historia: 1.500 millones de toneladas de agua que acabaron con la vida de 43 personas.
EN EL BARRIO DE REKALDE
El 26 de agosto de 1983, Bilbao se ahogó. Durante horas, la lluvia cayó sin tregua hasta que la ciudad cedió.
Rekalde fue uno de los barrios más castigados.
Entre la desesperación y la impotencia, los vecinos vieron cómo seis corrientes de agua emergían con fuerza, arrastrando todo a su paso.

Calle Gordóniz, a la altura del frontón

Calle Gordóniz, desde la plaza

Plaza de Rekalde con Gordóniz

Calle Gordóniz, a la altura del frontón
El desbordamiento del Nervión y de los arroyos ocultos bajo la ciudad convirtió Rekalde en una trampa mortal.
El agua superó los dos metros en algunas calles, atrapando a cientos de personas en portales, garajes y sótanos.
La riada arrastró coches, derrumbó muros y dejó comercios anegados en cuestión de minutos. Quienes lograron escapar lo hicieron escalando a los tejados o resistiendo en balcones mientras las sirenas de emergencia rompían el silencio de la madrugada. Los servicios de rescate trabajaron sin descanso. Bomberos, policía y voluntarios se enfrentaron a una inundación implacable, sacando a vecinos atrapados con barcas improvisadas y cuerdas lanzadas desde las ventanas. Pero el agua dejó un saldo devastador: 34 muertos en Vizcaya y un barrio marcado para siempre.
"El barrio San Antonio desapareció para siempre"
En los días siguientes, Rekalde se convirtió en un símbolo de la resistencia bilbaína. Vecinos y comerciantes retiraron toneladas de lodo con sus propias manos, en un esfuerzo colectivo por recuperar lo perdido, sin suministros de luz ni agua. Los propios testigos nos cuentan cómo en cuestión de minutos ya veían flotar furgonetas por la calle Larraskitu.
La tragedia, sin embargo, reveló una verdad innegable: ni Bilbao, ni sus barrios estaban preparados para tal evento. Las inundaciones de 1983 no solo destrozaron calles, hogares y vidas, sino que expusieron la fragilidad de una ciudad entera.
A partir de ese desastre, se rediseñaron infraestructuras, se crearon sistemas de contención y se replanteó la relación de Bilbao con su propia geografía, pero la memoria sigue más viva que nunca al mirar a Valencia.
Porque el agua bajó, sí, pero la herida quedó abierta.

