
CRÍMENES
El turismo criminal ha dejado de ser una rareza para convertirse en tendencia. Cada vez son más quienes viajan con un objetivo concreto: caminar por los mismos lugares donde se cometieron asesinatos, desapariciones o crímenes que dejaron una huella imborrable en el imaginario colectivo. La atracción no es gratuita. Hay una necesidad de entender el mal, de enfrentarse a él, aunque sea desde la distancia cómoda de una audioguía o un selfie.
En esta sección recorremos cuatro de los enclaves más emblemáticos del llamado “dark crime tourism”: las calles de Whitechapel por las que caminó Jack el Destripador, el Hotel Cecil en Los Ángeles, la prisión de Alcatraz y la casa de Amityville en Nueva York. Cada lugar conserva la huella de un crimen real, y a su alrededor ha florecido una industria que mezcla memoria, espectáculo y consumo.
Pero ¿por qué nos fascina lo oscuro? ¿Qué nos empuja a consumir crimen como si fuera entretenimiento? ¿Qué lugar ocupan la víctima, el agresor y el espectador en este juego de distancias?
Hay algo inquietante en la forma en que convertimos los asesinatos en relatos. En cómo las víctimas se diluyen y los asesinos se transforman en iconos. No buscamos solo información: buscamos comprender, pero también sentir. Y lo hacemos desde un lugar seguro. Con una pantalla de por medio. Con un guía que nos explica el horror como si se tratara de un museo.
El sociólogo Santi Pisonero lo explica con claridad. Hablamos con él sobre el auge del true crime, la estetización del sufrimiento y esa necesidad colectiva de narrar la violencia para poder digerirla.
Tal vez también para justificar qué nos atrae...





